martes, 11 de octubre de 2011

Mauritania Parque Nacional del Banc d'Arguin


La frontera marroquí se encuentra al final de la carretera asfaltada y tienes la sensación de que aquí se acaba  todo. Y esto, sobre todo es debido, a que una vez terminados los largos trámites, sales como por la puerta trasera a un desierto desolador, donde ni una triste carretera comunica con la otra frontera.
Esto ha cambiado mucho desde la última vez que pasamos por aquí hace diez años, cuando había que pasar una noche en lo que llamábamos el basurero. Ha cambiado hasta el punto que ahora los camiones tenemos que pasar por un escáner. Tres horas de agobio e intranquilidad de registros, colas, sellos, firmas y demás…. hasta que pudimos finalizar todas las formalidades.
De la frontera no tenemos fotos ya que está totalmente prohibido hacerlas.
Después de esto ocho kilómetros de una pista infernal, donde continuamente se van haciendo nuevos trazados y roderas, para sortear arena piedras y enormes agujeros que se producen por el continuo paso de vehículos.
De allí tuvimos que rescatar a un pobre malinés que engañado por uno de los guías que se ofrecen para llevarte por el mejor paso, lo que en realidad hacen es meterte en una zona de arena para que luego tener que ser rescatado por otro socio que está esperando la llamada. Todo este grupo de timadores se enfadaron bastante cuando se quedaron sin negocio.

De nuevo otras tres horas de negociaciones con aduaneros, policías y militares, donde cada uno quiere sacar su tajada. Estos, después de registrar el camión, la tomaron con el vino y el alcohol que llevábamos. Todo un montaje para ver que nos podían sacar.
Por la tarde, cuando por fin quedamos libres, nos dirigimos por la carretera nueva de Nuakchot hacia el Banc d’Arguin. No nos desviamos hacia Nuadibú ya que pensamos que por seguridad cuanto menos nos vean mejor. Esa noche dormimos donde empiezan las pistas que se dirigen hacia el parque.

La pista se adentra hacia el desierto intercalando zonas de arena con lagos secos y suaves colinas onduladas de tierra negra. Pero sobre todo, lo que nos gustó, es que era el paso habitual de camiones como lo demostraban las rodadas.

Este terreno mixto fue muy bueno para descubrir las cualidades del Iveco y experimentar con el cambio. Con la reductora en 3ª, 4ª e incluso 5ª. El camión se desenvolvía con potencia y velocidad suficiente en las distintas zonas. La 2ª la utilizábamos solo con arenas fuertes y en pendiente, teniendo la 1ª y marcha atrás en reserva para cuando nos quedábamos atascados.
Después de 60 kilómetros de pista llegamos al poblado de Iwik uno de los puntos de entrada al Banc d’Arguin, donde nos advirtieron que había que pagar una tasa así como dormir en uno de los camping ya que no se podía hacer acampada libre.

Recorrimos parte de esta reserva natural,

Bañándonos en sus solitarias e interminables playas y conociendo alguno de los muy pobres poblados de pescadores de chozas hechas con maderas y demás restos que el mar arroja a la playa.

La pesca en el parque se tiene que hacer sin ningún medio mecánico, por eso han perdurado las embarcaciones a vela, similares a nuestra vela latina, y los carpinteros de ribera.

En esta zona descubrimos unas almejas sorprendentemente grandes, en la sartén no cabían más de doce, con una concha también sorprendentemente gruesa, que necesito mucho fuego para abrirse y quedaron un poco duras.
Estas conchas se encontraban a medio metro de profundidad y había tal cantidad que no se podía andar de lo apretadas que estaban unas con otras.

El único problema que tenía el parque era el camping, que lo único que tenia de camping era el nombre, sin luz, ni agua, ni vallado, ni clientes, ni personal……..Para nosotros fue como una noche normal, solo que un lugar oficial.


Siempre con rumbo sur vamos en busca de nuevas playas, aunque esto no siempre es posible debido a las sebkhet (lagos salados) que ocupan la mayor parte del parque, que si están secos se convierten en las mejores pistas, pero sino son de los más peligroso, pues te puedes clavar hasta los ejes sin tener ningún sitio por donde apoyarte para sacar el camión.



A medio camino del asfalto nos encontramos con la señal del cruce de pistas de la antigua carretera Nuakchot Nuadibú, que ha quedado enterrada por las dunas al igual que la antigua pista.
Paramos para hacer una foto y como siempre echamos un vistazo al camión, descubriendo una pérdida de aire al romperse uno de los tubos que rozaba con la transmisión delantera cuando la amortiguación bajaba en los baches. Así que sobre la marcha y en medio del desierto aprendimos a poner un empalme como nos habían dicho en Iveco Cartagena.

La última parada antes de Nuakchot y como siempre buscando la brisa de la costa. Pues hemos pasado de un clima templado y fresco en Marruecos donde no apetecía el baño a un calor insoportable en Mauritania.



Filosopensamientos y otras cosas................

La palabra calor la define la Real Academia de la lengua como sensación que se experimenta ante una elevación de la temperatura. Pero esa definición del vocablo no es suficiente para expresar lo que se siente cuando el aire quema en la garganta y resulta difícil respirar, cuando miras a tu alrededor y en cientos de kilómetros a la redonda no hay una sombra donde cobijarte, cuando llega la noche y en un ejercicio de profunda concentración consigues que tus constantes vitales se reduzcan y suprimes todo movimiento para evitar estar empapado de sudor.
Por el día conduciendo aguantamos bien hasta los 40º, a partir de ahí ponemos el aire acondicionado que a tope lo reduce en el interior de la cabina a 35º-36º.Uf ¡¡¡¡  que fresquito.
Otros días próximos a la costa sopla un viento fuerte, cálido y polvoriento de tierra que abrasa y las partículas en suspensión reducen la visibilidad a unos cientos de metros y te ponen los ojos como tomates. Por la tarde el viento cambia, viene de la mar y se convierte en húmedo, que te hace sudar como un pollo.
Bueno todos los días no son así….lo decimos porque en las fotos todo es muy bonito verdad ????

viernes, 7 de octubre de 2011

Hacia la frontera mauritana


Después de playa Blanca pasamos por TamTam , con su simpática rotonda de los camellos.

Seguimos costeando hacia el Laayoune, 300 kilómetros más al sur









                                                Entramos en el Laayoune por una sorprendente carretera de dos carriles, más propia de una ciudad europea y no de una del desierto donde las palas excavadoras tienen que trabajar constantemente quitando la arena que invade el asfalto.

Aqui aprovechamos para lavar el camión y endulzarlo y para repostar gasoil, que nos sorprendió muy gratamente su precio. Por el norte de Marruecos lo habíamos comprado entre 0,72 a 0,74 ctm. de euro el litro y de Laayoune hacia la frontera de Mauritania está a 0,50 euros/litro.
Algo más difícil nos resultó rellenar el depósito de agua dulce, pues aquí el agua es escasa y en las gasolineras no es potable, así que tuvimos que ir por la ciudad buscando los camiones cisterna que aquí se utilizan para llenar los aljibes y los depósitos de las casas.

                                                           De Laayoune vamos hacia Dakhla 520 kilómetros más.     







El primer pueblo intermedio que pasamos Boudjdour con este espectacular pórtico de entrada .


Unos kilómetros pasada la ciudad descendimos por una pista hacia la playa buscando un lugar como siempre apartado y discreto para pasar la noche.

Al día siguiente paseando pos la playa nos encontramos con unos saharauis que se dedican a recolectar un tipo de alga que según nos contaron, la mandan a Tenerife y de allí a Japón y de la cual se obtiene un tipo de plástico. Nos quedamos muy sorprendidos de la transformación de una planta natural en algo tan artificial.

Después nos dirigimos a un pozo cercano donde otros saharauis ( que por cierto hablan un español correctísimo y sin ningún tipo de acento) estaban dando de beber a su manada de dromedarios.
El agua la mezclan con harina de trigo para que se alimenten a la vez. Según nos dijo el pastor vienen cada diez días y beben toda el agua que quieren hasta que se sacian que como pudimos comprobar hacen falta muchos cubos para que un dromedario este lleno. Después pueden llegar a estar sin beber agua hasta tres meses.

La carretera hasta Dagkla, antigua Villa Cisneros, discurre paralela a la costa. Así descubrimos alguna aldea de pescadores. Nos parecio muy extraño al recorrerla que solo estaba habitada por hombres. Ni mujeres ni niños por alli habia correteando.

Conforme bajamos hacia el sur el desierto se nos muestra con toda su grandeza y dureza, la vista desaparece en el horizonte hacia un lado y otro de la carretera y solo el vacio y la soledad llenan el espacio. Despues de cientos de kilometros una manada de dromedarios cruzan nuestra proa.


Conforme nos acercamos a Dagkla los controles de policía se hacen más continuos, menos mal que llevamos hecha la ficha con todos nuestros datos, lo cual acelera bastante la parada.
Las veces anteriores que hemos pasado por esta ciudad han sido para realizar los trámites para el paso de la frontera mauritana y nunca le dedicamos nada de tiempo. En esta ocasión hemos recorrido la estrecha  península que se adentra más de cuarenta kilómetros hacia el mar, sorprendiéndonos con sus playas y sus pistas de arena roja al borde de los acantilados.



Otra cosa que hemos aprendido en Dagkla es coger  navajas, que aunque parece una tontería hay que descubrirlo. Cuando baja la marea en playas muy llanas, como aqui que la mar desciende casi un kiloñetro, ponemos sal en unos pequeños agujeritos en la arena y entonces hay que vigilar hasta que la navaja sube a por la sal, momento en el cual le echamos mano. No tenemos fotos porque una vez llevamos la maquina y otra la sal.

Camino de la frontera nos encontramos con una manada de dromedarios que abrevaban en un pozo próximo a la carretera. El dueño, un viejo saharaui, nos contó que él sirvió muchos años en el ejército español como guía de las tropas nómada, aquellos legendarios soldados que su uniforme era de color garbanzo y como ropa de abrigo portaban capas de distintos colores según su regimiento.

También nos sorprende descubrir pequeños pueblos construidos recientemente a orillas de la carretera que permanecen totalmente deshabitados.


Buscando un lugar para dormir, a menos de cien kilómetros de la frontera pero lejos de la carretera y próximos al mar, nos adentramos por una pista que nos llevó al final a un         control militar  en una bonita playa donde había dos barcos varados.

Da pena la visión de estos barcos atrapados por la playa, que terribles circunstancias se darían…….. ¿habrá sido un temporal, un fallo de máquinas, una via de agua….?    ¿ qué sería de sus tripulantes…….

Cruzando los últimos kilómetros del Sahara Occidental, la costa atlántica nos sigue sorprendiendo por su belleza.

En la frontera llenamos de gasoil a tope pues según la información que tenemos en Mauritania es más caro. Cuando nos dirigimos a pasar los controles, a las seis de la tarde, nos dicen que la frontera está cerrada hasta el día siguiente a las nueve, así que mucha tranquilidad y mañana pasaremos.